Hay muchas cosas que no se pueden contar de cómo nos buscábamos la vida en Cuba mi gente y yo. Básicamente éramos una pandilla el negrón jiscler, Igor el bujío y yo. Con nuestros equipos remendados pescábamos el diario y a la tarde montábamos vela juntos. Cuando sobraba el dinero algún que otro buceo turístico, un lujo incomparable para el nivel de vida de esa época.
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| Aquí estamos tres el negrón Jiscler, Igor y yo. |
Después empezamos a incursionar en Santa Fé, Playa Del Chivo, Santa Cruz, Canasí, Bacunayagua, Mariel. Llegó un momento en que casi lo que ganábamos nos lo gastábamos en el viaje. Fue un invierno raro. Un norte detrás del otro. Decididamente, no se podía pescar.
Generalmente nos reuníamos casi todos los días en la playa de doce en Miramar. Todos con los equipos en las manos pero nadie se tiraba. Solo unos locos (yo también a veces) nos metíamos en el mar con unos pedazos de madera a coger olas. Salíamos con bastantes heridas en las rodillas que ya ni sentíamos. Pero nada importaba en esa época. Lo mas gracioso es que se reunían todo tipo de pescadores y cada uno se puso a contar como se ganaba la vida en el mal tiempo. (A) por ejemplo:se ganaba la vida porque una vez al mes, se metía de madrugada en el acuarium y se llevaban un carey de la pecera, finalmente ya lo estaba haciendo de acuerdo con el custodio y compartían ganancia. Estaban valorando la posibilidad de también extender operaciones por el zoológico. (B) Iba hasta las inmediaciones del Mariel y ahí atacaba de madrugada las redes de los barcos pesqueros de quelonios (tortugas, careyes, caguamas) y sacaba mucha carne, al final decía con orgullo –si esa carne no la va a ver nadie en cuba, antes que se la coma un turista, me la como yo- Le aplaudíamos eufóricamente. (C) ya era mucho mas sofisticado –yo pesco con la segueta- esgrimía al aire un marco de segueta que no le cabía una partícula de oxido más, este cogía corales, coral negro. Valiosísimo en los sectores de la joyería. También aplaudido por la peña por el inmenso riesgo de trabajar a mas de 50 metros de profundidad, con los consabidos cálculos de descompresión y los accidentes ocurridos en más de uno. Nos tocó el turno a nosotros. Nos miraron y hubo un silencio muy largo. ¿y nosotros que hacíamos? Nos miramos los tres. Si no había pesca, no se pescaba. Se montaba tabla que en los nortes era divertidísimo y alguna que otra cosilla, a veces yo arreglaba algún barco de fiberglass, me había hecho experto en esto. Jiscler tocaba tambores en un grupito de mala muerte y el bujío vendía gasolina. Nada honorable como las historias anteriores. Vaya pena. Éramos unos don nadie en el mundo de los piratas modernos de La Habana, y si que eran piratas, todos gozaban de heridas, de mordidas de peces, de argollas, anillos y cadenas y yo la única marca que tenia era unos puntos en la barbilla que me hice tratando de imitar a uno del circo ruso que pasaban por la televisión los domingos, pero eso, por supuesto que no lo iba a contar.
Uno de ellos, nombrado “el papa” un gordo de unos 40 años, quemado por el sol y con unos harapos por ropa a pesar de tener varias cadenas de oro en el cuello, sonrió un poco en el silencio. Me puso la mano en el hombro y dijo como para que se oyera. No nos hagas caso, si tuviéramos tu edad, haríamos lo mismo que tu o peor, estaríamos en casa perdiendo el tiempo o viviendo de nuestros padres. La conversación siguió por otros rumbos. Yo me sentí aliviado al igual que mis otros dos mosqueteros. La sentencia del papa no fue discutida. Se pasó a otro tema y se olvidaron las proezas por ese día. Éramos acogidos como los hijos que deben aprender de sus padres. Nuestros padres en ese momento eran. Los piratas de la Habana.
Mas tarde, cuando ya el sol siseaba con el agua y se sentía un frío inusual que venia justo del norte, uno a uno se iban retirando cabizbajos por el día perdido. Algunos de estos pescadores tenían familias que mantener, hijos y habían escogido esta difícil vida antes que (según ellos) hacer como que trabajan para un estado que hace como que te paga. El Papa se quedó de último. Miraba al medio del mar como si hubiese perdido algo, afinaba la vista y se ponía la mano en la frente a modo de visera.
- ¿buscas algo papa?
- dicen que vienen lanchas de los estados unidos y se llevan a la gente, ya es hora de irse, si veo una, me piro.
- ¿que tu vas a hacer en el yuma papa? Ahí hay que trabajar.
- que mas quisiera yo, que poder vivir de mi trabajo.
Esas palabras se me quedaron grabadas. La frase vivir de mi trabajo fueron muchos años mas tarde detonante para que esté donde estoy. Pero esta historia no viene por aquí, viene por lo que pasó a continuación.
Cuando ya las sombras habían desaparecido y quedaban esas ultimas luces de la tarde, homogéneas, tenues y frías que inundan todo como si tuvieran la extraña capacidad de doblar en las esquinas de las cosas, aún estábamos sentados en el muro. El viento amainaba y solo se oía el ruido de las olas que estas, a pesar del mal tiempo también iban bajando como cansadas de estar todo el día royendo las piedras. La gente iba dejando la playa sola, entonces dejaba de ser lo que era para convertirse en costa. En la mas infinita y hermosa costa de la rivera de la Habana que algunos días se divisaba hasta la fábrica de cemento del Mariel a 21 millas mas o menos al oeste y al este el malecón que amurallaba cualquier tipo de visibilidad mas allá de sus muros que contenían a la ciudad cansada. El papa seguía ahí, mirando al mar, sin pestañear casi. Nos acercamos sigilosamente para no molestarlo pero sin dejar de preguntarle como cada día a la despedida.
- ¿Donde crees que sea bueno pa pescar mañana papa? Con el tiempo como está.
El papa no dejó de mirar el horizonte, solo dijo una oración.
- El que quiera pescar….mañana a las cuatro y media de la mañana en la Terminal de guaguas del lido. Le garantizo mínimo 300 pesos.
Nos fuimos en silencio. Ya los mosquitos empezaban con sus ataques y además había que acostarse temprano si se quería ir a pescar mañana en la madrugada. Al poco rato de alejarnos de la costa Jiscler dejó bien claro que mataría con sus propias manos a quien osase despertarlo tan temprano. El Bujío también se quitó con no recuerdo que excusa, algo de vender gasolina. Yo dije que yo si iba, no asistía a la escuela y además para estar metido en algún lugar aburrido, mejor iba a ver la forma de pescar del papa y así después la copiábamos nosotros. Quedó claro que era el más mercenario de los tres. Pero no importaba, donde hay amistad, todo se ve bien.
Esa noche no dormí nada bien, entre sobresaltos y preguntas. Había aceptado ir a pescar con uno de los más piratas de los pescadores de la habana, sin preguntarle que tipo de pesca hacía. A veces eso me caía mal de mi mismo, era un poco tímido y por no hacer preguntas en más de una ocasión me metí en un lío gordo. Pero lo hecho, hecho estaba, así que me intenté relajar pensando que mañana ganaría un poco de dinero y quizás podría invitar al cine a un amor que me estaba rondando la cabeza. Me tranquilicé y poco después perdí el contacto con la tierra. Me despertó el pitido intermitente de mi reloj pulsera, un digital del mas barato sellado con resinas epoxicas para poder bucear con el. El silencio era denso como la bruma que hacía a esa hora. Levantarse con frío es algo terrible. El frío húmedo de la orilla de un río se mete por todos los resquicios del cuerpo y el alma. No tenía abrigo, pues cuando me fui de mi casa no hacia frío, pero imaginé que en cuanto caminara un poco se me quitaría. Por increíble que parezca a esa hora habían guaguas, una a cada hora. No me acuerdo el número exactamente pero si había una que desde la calle línea te dejaba por la liga contra la ceguera o el lido. Cogí la primera que vino y en poco más de veinte minutos ya estaba desembarcando en el lido. Busqué al papa y le vi durmiendo plácidamente en un banco en el que había mas personas diseminadas en un orden caótico. Gente de campo y gente de mar, gente con sombreros, gente vestida de marineros, todos en la más profunda de las ensoñaciones. En el piso dormían perros, gallinas amarradas, algún que otro cerdo e incluso jaulas de conejos, aquel recinto olía a zoológico y hacía un calor denso comparado con la frescura de la madrugada de la calle 41 a esa hora.
Estuve tentado de despertarle y preguntarle de que se trataba hoy “la pesca” me había traído mi escopeta de ligas, la menos preciada por si me la quitaba la policía (me había pasado muchas veces) y mis equipos de siempre, las aletas power plana de la Mares y mi careta superocchio que era la única que servía a mi desmesurada nariz. Me senté en una esquina pero alerta de no quedarme dormido no fuera a ser que se fueran y me dejaran, o me lo llevaran todo. Con los nervios como los tenía iba a ser fácil no dormirme, así que me puse a hacer lo que mejor sabía hacer en esos tiempos… a esperar. Como a las 5 menos 10 llegó una guagua de las americanas, viejas, redondas con algunas ventanillas redondas y pintas de submarino. Se levantó toda la gente como si de una alarma hubiera salido la palabra ¡Guanajay! Que todos estaban esperando. A duras penas logré introducirme en el ómnibus y la guagua arrancó dejando un montón de gente abajo y llevándose otra cantidad de gente colgada en la puerta. Recuerdo un marino de las FAR colgado literalmente de una ventanilla a lo Indiana Jones. El papa me vio y me saludó con alegría. Me presentó como a tres más que estaban reclutados por ese día, también me hizo cargo de unas maletas de madera gris que parecían de escuela al campo. Pesaban un montón y por fuera tenían letras rusas – a saber que coño es esto- me pregunté no sin antes ponerme un poco nervioso.
Contar el viaje aunque interesante sería extenso y se saldría del espacio de esta historia. Como dice mi frase favorita. Eso es parte de otro cuento. Así que grosso modo llegamos a Guanajay, ahí otra matazón para la guagua del Mariel y ya amaneciendo en al Mariel, la guagua de Cabañas. Llegar a Cabañas es lindisimo. Es una bahía limpia ocupada por pocos pescadores y bases militares con submarinos y todo. Tenía lindas playas pero acercarse ahí era peligroso. No obstante, antes había estado en un par de campismos que estaban en sendos cayos en el medio de la bahía con piscina incluso algunos. Nos bajamos en el pueblo y ahí caminamos bastante con la pesada carga hasta un muelle que se llamaba el CABAMAR o CALAMAR no recuerdo bien. Ya amanecido empecé a mirar caras de la pandilla que íbamos y a reconocer algunos de ellos. Éramos unos siete mas o menos sin contar el papa, el era el coordinador de esta pesca así que era muy probable que el papa ni tocara el agua ese día. Hicimos un circulo alrededor del papa que vestía una camisa de las que se llamaban bacteria, no se porque, con las cadenas y los anillos reluciendo en tamaña cascada de coloridos que formaban los dibujos de la brillante tela. Nos sentamos encima de las cajas a esperar algo. Algo que no llegaba y que el papa impaciente apuraba o trataba de apurarlo con solo mirar el reloj rolex chino que ostentaba en su muñeca acompañado de manillas y pulsos.
- ¿quien viene por primera vez?
- Yo.
Dije sin esperar respuesta de los demás, quizás se me notó algo la ansiedad por saber de que se trataba. Entre las caras conocidas estaba el cromagñon. Le decían así porque siempre buceaba con una llave ajustable grande, llena de oxido en la desvencijada trusa que usaba. Era para “ajustar” entiéndase darle unos golpes a su regulador japonés aquamaster bitraquea de la segunda guerra mundial y que solía dejarlo sin aire en los momentos mas emocionantes de la pesca o mas peligrosos de un buceo sea cual fuere, era de risa verle dándole martillazos en medio de la profundidad y haciendo una escándalo tal que todos los peces se iban en estampida, después, abajo del agua misma se lo volvía a poner y todo como si no hubiera pasado nada. Lo conocí cuando hacía competencias de apnea en el Cristino, yo siempre me llevaba el premio al estar 3 minutos y 45 segundos sin respirar, llego el un día con sus cuatro diez y se me acabo la fiesta, nunca mas competí en apnea cada vez que le veía, pero con semejante entrenamiento claro que tenía que aguantar eso. Era un desparpajo de semi pez, semi hombre que siempre estaba regalando sonrisas y buena amistad. El cromagñon se merece una historia para el solo. También estaban el tubero, botellita, mataviejas, el cilindro y Alex culoroto. Al final si les interesase explicaré porque cada uno de estos nombres.
El cilindro también dijo que era su primera vez, los otros ya habían venido mas veces así me tranquilicé porque se que el cromagñon era buen buzo y me daba confianza saber que tenia un conocido en esta nueva e improvisada pandilla. El papa encendió un cigarro y se dispuso a explicarnos, deje de observar como amanecía en la hermosa bahía y de oír a los gallos del campo para prestar atención esta información era crucial para salir bien ese día, así que me volví solo oídos y se hizo silencio.
- A ver, pa los que no han venido…aquí venimos a pescar madera. Se trata de en el tiempo de aire que tenemos sacar la mayor cantidad de planchas de plywood marino que hay en los barcos hundidos de esta bahía. Nos llevan y nos traen, ustedes solo tienen que desatornillarlas, otros las sacaran del barco y otros las subirán al bote que nos lleva, mientras mas saquen mas dinero hay eso si, no se pueden romper, ni palancazos ni nada de eso, solo destornillar. Arriba repártanse el trabajo.
No puedo negar que me quedé un poco aturdido, miré a la gente uno dijo ¡yo saco! Otro ¡yo subo! El cromagñon dijo yo desatornillo y yo me quede sin palabras con mi escopeta en las manos y sin decir nada. Debo haber puesto una cara rara porque el papa me miro con preocupación.
- Si no quieres ir, no te preocupes, se que es un trabajo duro.
- Si, si quiero. ¿Solo que donde dejo la escopeta?
El papa miró la escopeta detenidamente, la tomó y la examinó por todos lados.
-¿Cuanto vale esta escopeta?
- No se…..cincuenta pesos.
- Coge estos cien – me metió cien pesos en el bolsillo de mi camisa azul de becado que llevaba, metió la escopeta detrás de unos arbustos en la costa.
- Si cuando salgamos no está ahí, quédate con los cien pesos y dala por vendida. Coge tu herramienta.
Me extendió varios destornilladores, cada cual mas oxidado, escogí el que mas fuerte se veía el cabo y mas cuidada la parte plana
-Recuerda.. nada de palancazos, la plancha tiene que estar buena si está astillada no nos la pagan.
En eso se sintió el ruido de un barco. Un barco gris de cemento, pintado con pintura descascarada que se caía a pedazos. Nos montamos todos en el, la cubierta estaba fría y salada. Con estos cristales que forma la sal al secarse y que siempre resbalan como diminutas bolas transparentes. El barco tomó rumbo a lo profundo de la bahía. Como un juego iba bordeando cayos pequeños y se veían algunos barcos de guerra semihundidos. Yo pensaba que eran esos barcos, barcos medianos, pero seguíamos de largo en lo que el sol empezaba a calentar nuestros cuerpos. Llegó un momento en que el pesado barco de cemento empezó a hacer olas y a dar pequeños saltos, me alegré un poco porque recordé cuando salía pescar con mi papa en su barco, El Paraíso. Perdí la cuenta de que rumbo llevábamos o cuantos cayos habíamos pasado. A lo lejos en el horizonte se veían marañas de mangles inexpugnables. Nadie hablaba entre si, yo estaba nervioso y asustado, no sabia que me esperaba aunque ya tenia una mínima idea. Pero bueno, había hecho cosas peores y esto no era nada del otro mundo, el papa se veía tan tranquilo que daba esa sensación, el cromagñon en mas de una oportunidad me dijo, vas a ver que divertido y eso me hacia volver el alma al cuerpo aunque no mucho porque al cromagñon también le parecía divertido que a cuarenta metros el regulador le fallara y le comenzara a funcionas después e ochenta martillazos y cuando ya estaba a punto de ahogarse.
Bordeábamos una costa llena de pájaros marinos cuando se apareció una especie de tubo o columna con varios cables, muy oxidado todo en el medio de la bahía. Apagaron el motor del barco y tanto silencio a esa hora me rompió algo en los oídos. Se sentía como una presión que casi hubiera preferido que dejaran el motor en marcha. Poco a poco fue aliviado por el ruido del agua de sentina y el burbujeo de los escaramujos del casco de este viejo barco. La gente empezó a abrir las cajas de madera y vi en su interior unas botellas de buceo “bitanques rusos” de catorce litros con su correspondiente regulador ABM-1 usados por el ejercito, copiados del primer regulador inventado por el dúo Costeau- Emile Cagnan. Eché una ojeada al agua y se veía todo transparente y limpio pero verde como el agua de las bahías. Me engancharon sin preguntar un par de botellas de estas y ayudé a los otros ponérselas también. Las manos me temblaban un poco y me hubiera gustado ir al baño, pero ahí no había. Todos se tiraron al agua al unísono, el estruendo fue uniforme como una gran explosión que hizo eco en el impecable silencio d esa mañana pinareña. Ya me iba a lanzar cuando el papa puso en mi mano una linterna grande como de doce o diez pilas que me puso más nervioso aun. La agarré con seguridad e intentando ser profesional me largué al agua como pude para no quedarme atrás. Ya casi estaban listos y tenían todo puesto, yo ni siquiera había lavado mi mascara. En unos segundos me la puse y metí la cara en el agua a ver que se veía. De pronto, el corazón me dejó de latir. A unos veinte metros mas o menos de profundidad se veía………..¡UN CEMENTERIO DE BARCOS MERCANTES! La vista era indescriptiblemente impresionante, tuve que esperar un rato a que el corazón volviera a su lugar. De esto no puedo dar mas detalles. La palabra no alcanza para describir lo que sentía. Hay que estar ahí para saber como yo con 18 años me las arreglé para que no me diera un infarto. Eran fantasmas de hierro, llenos d peces, algunas barracudas amenazantes. Figuras abstractas del capricho de la naturaleza. Una gran instalación artística promovida por las corrientes y la vida que había en ese lugar. Era….casi lloro dentro de la mascara. El cromagñon se quitó el regulador por un momento y me tocó por la nuca, saqué la cabeza del agua. Supongo que tendría los ojos fuera de las orbitas porque al verme echó una risotada que sacudió todo el espacio silencioso.
-Voy a entrar primero, tu vez como yo lo hago y entonces metes mano.
- Okay – dije sin preguntar más.
Le saqué el agua a las mangueras del regulador y comencé junto a los otros el descenso. A medida que me acercaba, el murmullo de las burbujas y la vista entre penumbra y amanecer más las raras figuras mal vestidas que me acompañaban, me acercaban más al sueño de visitar otro planeta. En este justo momento me sentía aterrizando en la nave de alíen y no cabía en mi de emoción y alegría mezclado con miedo, nervios y de todo. Casi me olvido de la linterna que se me cayó un par de veces, pero logre cogerla antes de que se alejara de mi mano lo suficiente como para perderla del todo. El cromangñon iba delante y me hacía señas de que lo siguiera. Me paré en la superficie de uno de los barcos a mirar en derredor. Era mi sueño sin avisarme, uno de los mejores buceos de mi vida. Imágenes que se quedaron grabadas en mí para siempre. El cromangñon se quitó las aletas para no remover el sedimento y yo hacía exactamente lo mismo que el. Entramos caminando a un barco de los más grandes, bajando por puertas y escaleras como si estuviéramos en la ingravidez. Ya el se conocía al dedillo todo el camino, de hecho, se veía que ya habían removidos bastantes planchas de la preciada madera. Hasta que llegamos a una gran sala que podía ser de mando porque se notaba en la penumbra controles, radios, teléfonos y cosas así. Entonces empezamos a desatornillar planchas. Los tornillos salían fácilmente, estábamos a unos veinte metros más o menos. Cada chapa de madera que sacábamos era llevada a al exterior por otro de los buzos que a su vez era entregada a uno que subía y bajaba constantemente. Esta era la peor parte, la de subir y bajar constantemente, las planchas casi no flotaban porque estaban saturadas de agua al parecer por la presión.

No se cuanto tiempo transcurrió de sacar chapas de estas, debo haber zafado mas de 50 cuando se me empezó a acabar el aire. Miré el manómetro del cromangñon y también ya casi estaba en cero. Así que ya había que irse. Todos ya habían subido solo quedábamos nosotros dos. Le pedí al cromangñon que se fuera alante que yo iría después por la idea de ver un poquito el barco por dentro y el me hizo caso. A mi me quedaban unas diez atmósferas por haber hecho el trabajo mas suave y que menos energía requería. Cuando el cromangñon se fue, me puse a recorrerme el barco por los pasillos. La poca luz que entraba por las ventanas era como una decoración tétrica, morbosa. Los pasillos aun conservaban huellas de que ahí había vivido gente. Entré a varios camarotes uno por uno donde se veían camas y muebles, seguí por los pasillos hasta que llegué a lo que pudiera ser la parte central de las bodegas de carga y bajé. Iba pasando de un piso a otro mirando los niveles como si me hubiera suicidado lanzándome al patio central de un edificio lentamente. Entré en un recinto que parecía la sala de maquinas con enormes motores dormidos llenos de peces. Encendí la linterna. Las luces que iban quedando ya iban siendo las menos a pesar de que eran mas de las nueve de la mañana. Me llamó la atención un corredor en específico, al final había un cuadro en la pared, entré sin pensarlo y llegué como una meta hasta el cuadro. El agua estaba tibia y cómoda y no provocaba perdidas de temperatura ninguna a pesar de tener yo puesta poca ropa. Limpié el cuadro con el dorso de la mano y vi una foto de alguien. Estuve un buen rato preguntándome quien seria ese alguien y haciéndome conjeturas.